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Violencia juvenil: la punta del iceberg de un problema moral…
Por Rodolfo Marcone L.

En este último tiempo, se ha abierto el debate público sobre el tema de la violencia juvenil, a raíz de los homicidios que han involucrado a menores de edad. El caso más recordado de 2004, fue el asesinato del estudiante del Colegio Mackay, Gonzalo Cárdenas, quien fue apuñalado por otro menor de 16 años. En el mismo mes un estudiante de 17 años, dio muerte a su compañero de curso, con un tiro de escopeta en un pasillo de otro establecimiento educacional. El menor confesó que asesinó a su compañero porque le tenía celos. (Cfr.”El Mercurio” 18 de febrero del 2005)

¿Qué está pasando? ¿Qué tiene que suceder en el espíritu de un niño de 16 años para asesinar a sangre fría a otro de 17 años? ¿Por qué un compañero de clases asesina a otro en el mismo colegio con una escopeta? ¿Celos? ¿Violencia desmesurada? ¿Trastornos sicopáticos? ¿Sadismo?, ¿qué está pasando?

Algunos expertos, entre ellos psicólogos y psiquiatras, coinciden en la falta de modelos virtuosos a seguir, modelos que se deberían encontrar en el propio seno de la familia. Jóvenes que se han educado, sin la autoridad del padre ni el afecto de la madre, son producto de que ellos no se han dado el tiempo para educarlos, ni formarlos en las virtudes morales. Por eso, son efectivamente más violentos, descarriados y rebeldes.

Pero también este cuadro es producto de una sociedad en exceso corrompida moralmente, que propugna la libertad como fin supremo, desconociendo los límites de ésta y, las responsabilidades dadas por Dios, a través de su Ley inmutable que, por otra parte, emana de la propia naturaleza humana. Este problema se ve agravado por el hecho de que estas generaciones sin valores claros, constituirán “los formadores” de las próximas generaciones.

Este es sin duda el clima de corrupción en que viven las familias y por ende la sociedad y su juventud. Este se sustenta en el relativismo valórico y moral, que es la principal causa del desorden de las pasiones que se observan en la juventud actual y en el conjunto de la sociedad moderna. Relativismo que provoca desorden pues, si no se tiene una noción clara del bien y del mal, no hay virtud; ni se puede luchar claramente por ella ni alcanzar a Dios, que es nuestro fin último.

Desesperados, desorientados, digámoslo claramente, nuestros jóvenes están perdidos en medio del bombardeo mediático del Siglo XXI, que no responde a ningún ideal elevado, si no sólo al hedonismo, al pragmatismo y al materialismo exacerbado. Así, nuestra generación ha crecido pegada a su niñera electrónica (la televisión) durante horas, sin familias patriarcales, sin moral, sin fe, y por ende sin valores trascendentales que orienten su vida a un fin supremo, a un fin heroico, a un fin Católico. Por consiguiente, el resultado es un grupo de niños, adolescentes y jóvenes, sin nociones claras y precisas de orden y, por lo tanto del bien y del mal, donde claramente las pasiones desordenadas serán las que marquen el rumbo de sus vidas adultas.

Sin duda este proceso es reversible pues, cuando las almas son educadas en las virtudes y aceptan cooperar con la gracia que Dios da a todo hombre, se obran las grandes maravillas de la historia, como la conversión del Imperio Romano, la Civilización Cristiana, las Cruzadas y tantos otros sucesos engrandecedores. (1)

(1) Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, “Revolución y Contra-Revolución“, Cap.IX - 3.

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