Breve reseña de la Historia de la Salvación y el Proceso Revolucionario
Junio 6th, 2009 por Administrador
David A. Barchiesi Chávez, Derecho, PUC
“Un movimiento que persigue destruir un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas ilegítimo”[1], con estas palabras Plinio Corrêa de Oliveira define revolución, y lo caracteriza como un proceso universal, único, total, dominante y progresivo, que comienza con la decadencia de la Edad Media y que responde a un quiebre en la historia de la salvación.
Por revelación conocemos que el valor infinito de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo redimió al género humano en su totalidad, y que, en consecuencia, tal sacrificio debería ser correspondido por una búsqueda de la santidad de toda la humanidad. Dicha correspondencia nunca ha existido plenamente, ya que nunca el género humano ha sido unificado por la Iglesia, pero podríamos decir que esa era la dirección de la civilización cristiana occidental en su plenitud medieval, un orden social orientado a la salvación, ya que “la historia de cada hombre y, a través de él, la de todos los pueblos, tiene una peculiar connotación escatológica”[2].
Sin embargo, este proceso que podríamos denominar de “cristianización universal”, en algún momento se vio amenazado, se detuvo progresivamente y luego retrocedió en buena parte de lo logrado, hasta caer en el lodazal de costumbres en que nos ha tocado vivir. Este nuevo proceso de “des-cristianización universal” es el que llamaremos proceso revolucionario, en cuanto es la destrucción de un orden social legítimo, de la civilización cristiana occidental; y es de lo que trataremos a continuación.
* * *
Un proceso de tal magnitud no puede ser gestado sin una previa relajación de costumbres que lo haga sustentable, y esto calza perfectamente con la pérdida del espíritu medieval y la adopción de una concepción antropocéntrica del hombre, apegado al mundo y a los placeres que este otorga, y con una cierta tendencia, en las diversas expresiones de la vida, a un espíritu de orgullo y sensualidad en contraposición con el valor del sacrificio tan propio de la mentalidad medieval.
Este cambio en la cosmovisión de la sociedad occidental, esta nueva mentalidad, produjo un ambiente propicio para una primera manifestación clara del proceso revolucionario, el protestantismo, que al plantear una salvación sin sacrificios ni santidad, responde perfectamente al estado de alma señalado anteriormente, y ofrece una opción fácil para quienes buscaban compatibilizar el cristianismo con el apego al goce terreno. El protestantismo se caracterizó por una negación del orden jerárquico de la Iglesia, por la incorporación del divorcio y el fin del celibato eclesiástico, características que responden perfectamente al espíritu de orgullo y sensualidad.
Sin embargo el proceso revolucionario continúa, y el mismo espíritu que hizo posible la pseudo-reforma, ahora más maduro, sienta las bases de lo que será un nuevo paso en el proceso revolucionario, la revolución francesa, que tiene una relación de simetría perfecta con el protestantismo, pero que analizaremos luego de comentar lo que hizo posible este nuevo logro revolucionario. Esta época, previa a la revolución, se caracterizó por un apego cada vez mayor a la vida terrena, que tuvo como consecuencia la relajación de las costumbres y la disminución de la devoción, que produjeron que la Iglesia sea relegada a un segundo plano, siendo reemplazada por una concepción deísta de la religión, además del ateísmo incipiente en diversos grupos intelectuales, que teorizaban además, sobre la ilegitimidad de las formas de gobierno no democráticas. Todo esto hizo posible el estallido de la revolución, que rompió con un orden social legítimo y que tuvo similitudes enormes con la pseudo-reforma.
Podemos afirmar que existe una relación íntima entre los dos procesos revolucionarios vistos hasta ahora, así como el protestantismo significó la negación de la jerarquía eclesiástica, del Papa y sus obispos, la revolución francesa significó la negación de la monarquía, del Rey y la nobleza.
* * *
El proceso revolucionario conseguía en ese momento dos logros cruciales, acabar con la concepción jerárquica tanto del plano religioso como del temporal. Sin embargo, la revolución sigue su marcha hacia una nueva conquista, y prepara el terreno para acabar con la concepción del orden en el plano económico.
El espíritu revolucionario, empapado de orgullo desde su origen, busca acabar con todo orden, con toda jerarquía, y para eso necesita acabar con la desigualdad de hacienda, que es la última desigualdad que queda en una sociedad laica-democrática[3].
La revolución no se hizo esperar y vio su concreción en Rusia, donde el proceso revolucionario mostró sus garras al igual que tras la revolución francesa, y se repitieron las mismas imágenes, así como Luis XVI subió al cadalso, Nicolás II fue fusilado al otro lado de las Urales. El terror comenzó contra los zaristas, pero alcanzó su clímax con Stalin, y no contra sus adversarios ideológicos (que prácticamente ya no existían) sino contra sus mismos correligionarios. Este terror impactó de tal modo a la opinión pública mundial, que sumado a la desacreditación del modelo económico completamente fracasado, produjeron finalmente la caída del sistema.
Sin embargo, la revolución captó este fracaso a tiempo, y sufrió una metamorfosis impresionante, las políticas soviéticas intervencionistas y matonescas pasan a ser dialogantes y colaboracionistas con occidente, preparando lo que será el fin de la Unión Soviética. Sin embargo hubo una metamorfosis mucho más impresionante, el paso del odio y la violencia a la guerra psicológica, que tiene un objetivo mucho más total, se trata de “alcanzar las almas, por etapas e invisiblemente. (…) No se trata –en el campo del espíritu– de operaciones dispersas y esporádicas. Se trata por el contrario, de una verdadera guerra de conquista de todos los hombres y en todos los países”[4]. En suma, se trata de una revolución cultural, de tendencias, de costumbres, y que comenzó mucho antes de la caída del bloque soviético, una primera manifestación clara de esta nueva cara de la revolución es Mayo del ’68 con la sublevación universitaria en las calles de París, que si bien duró pocas semanas, marco a toda una generación, y se recuerda como hito de este nuevo cambio de mentalidad, de un rechazo mucho más total a los últimos vestigios de la civilización cristiana occidental, la estructura familiar tradicional y la razón propiamente tal, abriendo la puerta al “reino de la imaginación”, al amor libre y a todos los demás vicios.
* * *
Este hombre fruto de la revolución cultural, podríamos afirmar incluso, este neo-bárbaro, entregado por completo a sus pasiones y esclavizado por ellas, es el antípoda más perfecto del hombre cristiano occidental. Ante esta realidad, es grande la tentación de pensar que todo está perdido, que el sacrificio de Nuestro Señor nunca será correspondido en plenitud, sin embargo nos queda la promesa evangélica de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, y más aún, tenemos la certeza de la victoria en las palabras de Nuestra Señora en Fátima “al fin, mi inmaculado corazón triunfará”